Hoy os dejo un relato un tanto extraño, impreciso, incluso puede que algo macabro. No os extrañéis si no le encontráis sentido, lo más probable es que no lo tenga. Su interpretación es totalmente libre y subjetiva, porque aunque la idea está ahí, los conceptos y los hechos quedan abiertos y sin definir. Espero que os guste o, al menos, que no os horrorice demasiado.
--------------------------------------------------------------------------------------------------
Es
una noche de verano, probablemente de mediados de agosto, aunque él no está
seguro. No puede estarlo, ni tampoco le importa. Un número en el calendario
sigue siendo eso: un número, una cifra como cualquier otra que puede ser
modificada al antojo del sujeto con apenas un par de trazos.
Pero
a él no le interesan los números. Camina entre los retazos de raído mutismo que
penden de la luna en forma de colmillo. El frío gélido de la noche afilada se
cuela entre los resquicios de su abrigo, mordiéndole la piel sin compasión.
Tampoco
esto le importa. El frío es algo subjetivo, una realidad inexistente, basada en
la ausencia de calor. Nada que pudiese llegar a molestarle.
Sigue
caminando, como cada noche, como todas las noches desde hace doce años. Las
calles parecen estrecharse en los perfiles arrugados y puntiagudos del fondo,
jugando con el temor de los que osan aventurarse a andar en aquellas intempestivas
horas sobre los adoquines polvorientos.
En
una ocasión, una ventana se ilumina, un leve fulgor apagado, amortiguado por
viejas y pesadas cortinas. Un rostro pálido asoma tras el cristal, una mirada
oscura teñida de desvelo y preocupaciones.
Él
no se detiene, el rostro desaparece tras las cortinas y el fulgor se extingue.
El
aire se vuelve denso, remoloneando entre los pliegues de su ropa, tirando de él
hacia abajo. Pero sigue avanzando.
Y
entonces llega, ve la verja forjada en hierro negro y frío, las altas lanzas
que se yerguen como fauces de dientes calcinados.
Empuja
la puerta y entra, perdido en el más absoluto de los silencios. Ve las tumbas
que siembran el terreno húmedo, los hierbajos que nadie ha descubierto o que
nadie se ha molestado en arrancar, los cipreses mortecinos que proyectan sus
figuras fúnebres sobre el suelo informe.
Pasa
junto a un pequeño mausoleo, un sepulcro que alguien pagó en su día para
cobijar el alma perdida de algún pobre diablo con dinero, un empresario, un
comerciante, un ingeniero quizá.
Sigue
caminando. No se detiene. Nunca se ha detenido en esos doce años, y no tiene
intención de estrenarse ahora. Los mismos pasos cada noche, exactamente los
mismos. La misma ciudad, la misma verja, el mismo mausoleo, el mismo gato, sí,
ese felino azabache que huye asustadizo entre las raíces de un ciprés cercano,
esa criatura veloz que vive entre muertos.
Y,
finalmente, la misma tumba. Ninguna otra, jamás. No una de las demás, aquellas
que rodean el lugar apuntando en todas direcciones con sus cruces maltrechas y
sus estatuillas deformadas por la lluvia y el viento.
No.
Solo esa tumba.
Él se detiene, su viaje ha terminado, y lo sabe. Como cada
noche, lo sabe. Es consciente de quién está allí enterrada, comprende que sus
restos siguen descansando sepultados bajo todo aquel silencio. Aprieta los
puños. Relaja las manos. No hay nada que hacer. No existe solución posible.
Ella no va a volver. La verdad es tan afiladamente cercana,
tan desmedidamente lacerante, y a la vez tan desdichadamente real…
No hay nada que hacer, y lo sabe. Nunca ha habido nada que
hacer. Y si no halló la solución en esos doce años, ¿por qué habría de hallarla
esta noche? La respuesta naufraga en las mareas impredecibles de su mente.
Contempla despacio el perfil de la tumba. No hay prisa. Ella
ya se ha dado cuenta de que él está ahí. No es solo un ánima que pena vagando en
su ignorancia del mundo que corre a su alrededor. Le está esperando. Lleva doce
años esperándolo.
La respuesta siempre es negativa, pero ¿por qué no
intentarlo una vez más? Ella vuelve a pedirle que la encuentre.
¿Y entonces? ¿Acepta? No, no puede irse aún. Todavía quedan
cosas por hacer. Demasiados asuntos que resolver. Muchas personas a las que
decir adiós.
Pero ¿podrá ella esperar para siempre? Tal vez no. Es un
riesgo que quizá debería correr.
Así que, ¿lo hace? Sí, esta vez cree estar seguro.
Da un paso hacia delante. La tumba está ahí. No se ha
movido, pues sería pecado de estulticia pensar que llegaría a moverse.
Aguarda el momento exacto.
Alza la vista al cielo.
Una nube arañada por el paso del tiempo se deja deslizar
sobre la luna. La luz pálida ilumina durante un último segundo su figura
exánime en mitad de la necrópolis.
Después, todo se queda oscuro, la nube abraza a la luna y le
tapa los ojos con sus dedos vaporosos.
Y, tras doce segundos exactos, la nube se despide y se aleja
lenta, tristemente. La luz vuelve. El cementerio recupera su visión.
Pero, esta vez, no hay nadie.
