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jueves, 10 de abril de 2014

Lágrimas de adulto

¡Hola, bookers! Hoy os traigo un breve relato que escribí allá por enero, tras leer un libro cuyo personaje decía algo así como que los adultos nunca lloraban porque eso era cosa de niños. Se me ocurrió esta pequeña historia y decidí escribirla, pero la dejé a medias y me olvidé de ella. No obstante, esta noche la he recuperado y terminado para vosotr@s. A ver qué os parece.
 
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         Mis padres siempre fueron las personas más diferentes de todo el mundo. A veces, yo me preguntaba cómo podían haberse enamorado un hombre y una mujer tan distintos. No lo entendía, pero tampoco le daba demasiada importancia. Ni siquiera era capaz de imaginármelos lejos el uno del otro, y para mí ya era normal verlos discutiendo por puntos de vista contradictorios. No era nada nuevo, ni nada que pudiese causar problemas. Además, estaba el hecho de que mi padre adoraba a mi madre. La quería con locura, y estaba constantemente colmándola de regalos y atenciones. Sin embargo, en ocasiones yo sospechaba que, pese a todo, ella no le amaba.
         Aunque nunca lo reconocería en voz alta, mi padre era mi favorito. No era como los demás adultos, y parecía saberlo absolutamente todo. Siempre que tenía un problema, recurría a él. Y no había una sola vez que no me ayudase.
         En mi mente vive una imagen imborrable, que perdurará ahí eternamente: mi padre sentado en su viejo sillón de cuero, ese sillón que olía a historia y a pergaminos antiguos. Él cruzaba una pierna por encima de la otra mientras leía el periódico, se reía por lo bajo y se burlaba de la sociedad.
         Siempre tuvo una forma de pensar y de actuar muy distinta a la del resto de los adultos. Por eso era diferente. Por eso mi madre discutía tanto con él.
         Recuerdo cuando mi profesora nos pidió que estudiásemos un valor humano importante. Yo no entendía qué era eso de los valores, así que no sabía qué estudiar. Como siempre, acudí a mi padre. Él me sonrió, fue conmigo a la cocina, cogió unas semillas de un bote etiquetado como “perejil”, las plantó en una macetita y me la entregó. Sin ninguna aclaración más, regresó a su sillón de cuero.
         Durante los días siguientes me dediqué a observar la pequeña maceta, sin hallar en ella nada nuevo o interesante. No encontraba la relación de las semillas con los valores humanos, y en más de una ocasión estuve tentado de correr junto a mi padre y pedirle una explicación, pero intuía que eso le decepcionaría, por lo que aguantaba y persistía en mi empeño de encontrar una solución en la contemplación de la oscura superficie de tierra. Pero una semana después, seguía sin descubrir cambio alguno en la maceta, con lo que llegué a plantearme que todo fuese una especia de broma, y pensé que nada crecería allí. Aquello me desesperó.
         Sin embargo, catorce días después de haberle pedido ayuda a mi padre, una mañana cálida y azul, pequeños brotes verdes, tiernos y jóvenes asomaron entre los grumos terrosos y húmedos que albergaba la maceta, siendo recibidos por sus primeros rayos de sol. La infinita alegría que me sacudió ante tan aparentemente trivial revelación fue sobrecogedora, como si en lugar de la germinación de una planta estuviese presenciando el lanzamiento de un cohete espacial. Y esto compensó con creces la larga espera.
Comprendí entonces uno de esos valores humanos tan trascendentales. Ser paciente. Aguardar el momento justo sin perder la calma.
         Y a día de hoy, muchos, muchísimos años después, cada vez que me impaciento pienso en mi padre y sus semillas de perejil, y recuerdo la importancia de saber esperar. Es una de las muchas lecciones que me inculcó y que nunca podré olvidar.
         Otro recuerdo que conservo, y me atrevería incluso a decir que el peor, es el de las lágrimas.
         Era una tarde de otoño, en octubre, concretamente. Hacía muchas horas que no veía a mis padres, yo estaba jugando en el salón. No sé por qué, pero subí al piso de arriba. Y allí escuché los sollozos. El sonido de las lágrimas al caer. Lágrimas de adulto.
         Mucha gente piensa que las personas mayores no lloran, pero esto no es cierto. Todos, absolutamente todos, sin margen de error, necesitamos liberarnos de tristezas de vez en cuando. Y los adultos no son una excepción.
         Entré en la habitación de mis padres, y ahí estaba él. Sentado sobre la cama, con un papel arrugado y húmedo en su puño apretado y el rostro enterrado en su otra mano.
         Le pregunté por qué lloraba, y me preparé para que hiciese lo que todos los padres hacen en situaciones como esa: decirnos que nos vayamos a nuestro cuarto. No quieren que les veamos derramar lágrimas. Me pregunto si realmente creerán que desde nuestras habitaciones no se les oye llorar.
         ¿He dicho ya que mi padre no era como los demás adultos? Si no lo he hecho, aprovecho ahora para decirlo. Porque él alzó la vista, clavando en mí sus ojos rojos e hinchados, y me hizo un gesto para que me acercase.
         Yo nunca le había visto tan triste. Parecía como si todo el dolor del mundo acabase de aterrizar sobre sus hombros, cargando de agua su desolada mirada.
         Me sentó sobre su regazo, me revolvió el pelo como había hecho siempre y, con voz temblorosa y rota, carente de esperanza, me pidió perdón.
         Y siguió llorando, desprendiéndose de un recuerdo feliz con cada lágrima.
         Aquel fue el día que mi padre abandonó sus periódicos y su sillón de cuero.
         Aquel fue el día que mi padre olvidó cómo reír y cómo ser diferente.
         Aquel fue el día que mi padre murió un poquito por dentro.
         Aquel fue el día que supe que mamá se había ido.
          
 
 
 
             Fotografía obtenida de www.pediatricblog.es

sábado, 22 de febrero de 2014

Muerte

       Hoy os dejo un relato un tanto extraño, impreciso, incluso puede que algo macabro. No os extrañéis si no le encontráis sentido, lo más probable es que no lo tenga. Su interpretación es totalmente libre y subjetiva, porque aunque la idea está ahí, los conceptos y los hechos quedan abiertos y sin definir. Espero que os guste o, al menos, que no os horrorice demasiado.


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Es una noche de verano, probablemente de mediados de agosto, aunque él no está seguro. No puede estarlo, ni tampoco le importa. Un número en el calendario sigue siendo eso: un número, una cifra como cualquier otra que puede ser modificada al antojo del sujeto con apenas un par de trazos.
Pero a él no le interesan los números. Camina entre los retazos de raído mutismo que penden de la luna en forma de colmillo. El frío gélido de la noche afilada se cuela entre los resquicios de su abrigo, mordiéndole la piel sin compasión.
Tampoco esto le importa. El frío es algo subjetivo, una realidad inexistente, basada en la ausencia de calor. Nada que pudiese llegar a molestarle.
Sigue caminando, como cada noche, como todas las noches desde hace doce años. Las calles parecen estrecharse en los perfiles arrugados y puntiagudos del fondo, jugando con el temor de los que osan aventurarse a andar en aquellas intempestivas horas sobre los adoquines polvorientos.
En una ocasión, una ventana se ilumina, un leve fulgor apagado, amortiguado por viejas y pesadas cortinas. Un rostro pálido asoma tras el cristal, una mirada oscura teñida de desvelo y preocupaciones.
Él no se detiene, el rostro desaparece tras las cortinas y el fulgor se extingue.
El aire se vuelve denso, remoloneando entre los pliegues de su ropa, tirando de él hacia abajo. Pero sigue avanzando.
Y entonces llega, ve la verja forjada en hierro negro y frío, las altas lanzas que se yerguen como fauces de dientes calcinados.
Empuja la puerta y entra, perdido en el más absoluto de los silencios. Ve las tumbas que siembran el terreno húmedo, los hierbajos que nadie ha descubierto o que nadie se ha molestado en arrancar, los cipreses mortecinos que proyectan sus figuras fúnebres sobre el suelo informe.
Pasa junto a un pequeño mausoleo, un sepulcro que alguien pagó en su día para cobijar el alma perdida de algún pobre diablo con dinero, un empresario, un comerciante, un ingeniero quizá.
Sigue caminando. No se detiene. Nunca se ha detenido en esos doce años, y no tiene intención de estrenarse ahora. Los mismos pasos cada noche, exactamente los mismos. La misma ciudad, la misma verja, el mismo mausoleo, el mismo gato, sí, ese felino azabache que huye asustadizo entre las raíces de un ciprés cercano, esa criatura veloz que vive entre muertos.
Y, finalmente, la misma tumba. Ninguna otra, jamás. No una de las demás, aquellas que rodean el lugar apuntando en todas direcciones con sus cruces maltrechas y sus estatuillas deformadas por la lluvia y el viento.
No. Solo esa tumba.
         Él se detiene, su viaje ha terminado, y lo sabe. Como cada noche, lo sabe. Es consciente de quién está allí enterrada, comprende que sus restos siguen descansando sepultados bajo todo aquel silencio. Aprieta los puños. Relaja las manos. No hay nada que hacer. No existe solución posible.
         Ella no va a volver. La verdad es tan afiladamente cercana, tan desmedidamente lacerante, y a la vez tan desdichadamente real…
         No hay nada que hacer, y lo sabe. Nunca ha habido nada que hacer. Y si no halló la solución en esos doce años, ¿por qué habría de hallarla esta noche? La respuesta naufraga en las mareas impredecibles de su mente.
         Contempla despacio el perfil de la tumba. No hay prisa. Ella ya se ha dado cuenta de que él está ahí. No es solo un ánima que pena vagando en su ignorancia del mundo que corre a su alrededor. Le está esperando. Lleva doce años esperándolo.
         La respuesta siempre es negativa, pero ¿por qué no intentarlo una vez más? Ella vuelve a pedirle que la encuentre.
         ¿Y entonces? ¿Acepta? No, no puede irse aún. Todavía quedan cosas por hacer. Demasiados asuntos que resolver. Muchas personas a las que decir adiós.

         Pero ¿podrá ella esperar para siempre? Tal vez no. Es un riesgo que quizá debería correr.
         Así que, ¿lo hace? Sí, esta vez cree estar seguro.
         Da un paso hacia delante. La tumba está ahí. No se ha movido, pues sería pecado de estulticia pensar que llegaría a moverse.
         Aguarda el momento exacto.
         Alza la vista al cielo.
         Una nube arañada por el paso del tiempo se deja deslizar sobre la luna. La luz pálida ilumina durante un último segundo su figura exánime en mitad de la necrópolis.
         Después, todo se queda oscuro, la nube abraza a la luna y le tapa los ojos con sus dedos vaporosos.
         Y, tras doce segundos exactos, la nube se despide y se aleja lenta, tristemente. La luz vuelve. El cementerio recupera su visión.
         Pero, esta vez, no hay nadie.
 
 

sábado, 25 de enero de 2014

Inmortal

        ¡Hola, bookers! Pues aquí os traigo un relato corto y sin ninguna clase de sentido... Fue el simple desvarío de un momento de inspiración retorcida, lo escribí hace dos años y he tenido que rescatarlo de las entrañas de mi ordenador... A ver qué os parece.


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Miércoles, 6 de junio de 2012  

 

       Ahora, el Tiempo juega en mi contra. Cada hora que transcurre es un paso más lejos de mis padres, de mis amigos, de mi casa... de mí.

       Odio al Tiempo, pero también lo admiro y lo envidio. Enemigo insaciable e implacable, tan inmenso y poderoso que no se puede ni mirarle a los ojos, cara a cara. Porque el tiempo no tiene cara; tiene pensamientos. Motivos. Impulsos. Razones. Y vidas, muchas vidas, todas en sus manos. De él depende la existencia, y no me gusta la sensación de humillación e impotencia que me ahoga por su culpa.

       Aún recuerdo cuando mi hermano y yo oímos una historia de alguien que se bebió un elixir de la vida, y se volvió inmortal. Mi hermano comentó la suerte que tenía, pero yo no pensaba así. Porque creía que la vida era como un trozo de goma: si lo estiras, se hace más largo, sí, pero también más estrecho.

       Si ese ejemplo no sirve para expresar mi disconformidad, siempre puedo recurrir a otro. Y es que la vida es también una especie de carrera, llena de obstáculos, algunos más grandes y complicados que otros. La salida es el nacimiento; la meta, la muerte. Y en el medio hay un largo recorrido en el que cada cual elige que desvíos tomar.

       Yo no deseo la muerte, no se me debe entender ni interpretar así. Quiero hacer mi recorrido completo, únicamente pido que, saltados todos los obstáculos, visitado todos los tramos y llegado a una edad razonable, se me permita llegar a la meta.

       Pero ahora no puedo. Quizá haya hecho algo que enfadase al Tiempo, o tal vez simplemente se le antojó obrar así. El caso es que han borrado mi línea de meta, y tras ella solo veo vacío, solitario e incierto vacío.

       No me dejan retroceder, no puedo pedir ayuda, solo me queda saltar y esperar a que todo esto termine pronto. Aunque sé que no acabará nunca, que tengo algo entre un don y una maldición, que en esto no hay más vuelta de hoja, que he de luchar y resistir para que el tiempo no pueda burlarse de mi expresión desolada.

       Ya está hecho, no puedo retroceder, ni modificar lo sucedido. Ni siquiera me puedo cambiar a mí, cambiar lo que tengo, lo que soy. Lo que ahora soy.

       Porque ahora soy inmortal.

viernes, 13 de diciembre de 2013

El alma de la vejez


            Un fogonazo de luz impactando contra la inmóvil y sonriente realidad. Un mundo de perfiles carentes de color. Un retazo de tiempo inmortalizado en un simple pedazo de papel satinado.

            Ahí estábamos todos, mucho más jóvenes, varios años más inocentes. De fondo, el calor de una tarde de verano arrancando brillos blancos al río de sombras negras. En primer plano, nosotros sonriendo, de esa forma exagerada, despreocupada y casi demente, sí, de esa forma en que sonríe la gente que aún tiene mucha vida por delante.

            Éramos felices, de eso no cabía duda. Se veía en nuestras expresiones risueñas, en nuestras miradas rebosantes de ilusiones apenas contenidas.

            Mi corazón tembló levemente, como el trémulo agitar de las alas de una mariposa herida, al pasar los dedos por encima de los rostros de aquellos que ya no estaban: el alegre Falín, que nos había dejado hacía ya dos primaveras con un suspiro en los ojos y una sonrisa en los labios. Y Elena, la siempre optimista Elena, a quien los años acumulados habían torcido y arrugado como a un trozo de papel y con quien había acabado la por aquel entonces temida tisis.

            Cerré los ojos, despacio. Cuánta vida encerrada en una simple fotografía, cuántos recuerdos apresados para siempre y sin oportunidad de escapar, cuántas risas contenidas en una prueba material de que hubo un tiempo en el que todos nosotros existimos.

            Dejé la fotografía sobre mi cama con manos temblorosas. Cogí el viejo bastón de madera oscura y mellada que reposaba contra una silla y me apoyé sobre él para incorporarme, sufriendo los dolores de la edad con cada movimiento.

            Y mientras me alejaba lenta y pesadamente, sonreí.

            La gente podría olvidarse de nosotros con el tiempo, pero nuestra alma nunca moriría mientras su esencia residiese en aquella vieja fotografía tomada varias décadas atrás, una cálida tarde de verano.
 


Derechos de autor de la foto: Laurin Rinder (http://es.123rf.com/)

domingo, 8 de diciembre de 2013

Una caja de cerillas


         Aquella tarde de septiembre el aire tenía ese sabor amargo, el regusto apergaminado del humo y la tristeza. Él lo conocía bien.

         Caminaba junto a su mujer por la fría y solitaria calle, rodeando sus hombros en actitud protectora y reconfortante, aunque la mayor pérdida hubiese sido para él.

         Mientras andaba, Miguel cerró los ojos, cansado. Su mujer se detuvo entonces de golpe, cubrió su boca con una mano y, agachándose hasta que su gabardina se empapó de polvo, rompió de nuevo a llorar, sus hombros estremeciéndose en sollozos amortiguados.

         Miguel se inclinó a su lado, acariciando suavemente sus cabellos.

—No llores… Por favor, no llores —le pidió con tono roto. Ella alzó los ojos húmedos y, rodeándole con los brazos, enterró el rostro en su cuello.

—Eran tan jóvenes, tenían tanta vida por delante… —gimió entre lágrimas y tropiezos—. Quemados, Miguel, quemados… Ellos no se merecían una muerte así…

—Lo sé —susurró él, cerrando los ojos.

—¿Quién habrá podido hacerles algo así, Miguel? ¿Quién? Tu hermano y su mujer eran buenas personas, no tenían problemas, se llevaban bien con todo el mundo…

—Fue un accidente, Marta, ya te lo dije: un fallo en la instalación eléctrica. Hubo una pequeña explosión y…

—No, no —negó ella, sacudiendo la cabeza de un lado a otro y abrazándose a él con más fuerza—. Aquel bombero dijo que habían encontrado restos de gasolina rodeando el cobertizo y la parte posterior de la casa… Dijo… dijo que fue un ataque premeditado, que alguien prendió fuego a la casa… ¿Tú… tú no viste a nadie cuando llegaste?

—No, Marta, cuando llegué la casa ya estaba en llamas —explicó Miguel, frotándose la cara. Su aún joven rostro mostraba diversas arrugas, fruto de la impotencia y la desesperación contenida.

—Pero, ¿entonces…? ¿Cómo…? ¿Fuiste tú quien llamó a los bomberos?

—Sí —respondió él—. Después de que mi hermano me llamara para que fuese a verle me dirigí hacia su casa, y me la encontré ardiendo… Llamé a los bomberos y después a ti… Ellos llegaron antes; apagaron el fuego, salieron de nuevo y dijeron… dijeron que… ya no había nada que hacer.

         Marta sollozó otra vez, cubriéndose de nuevo el rostro con las manos.

—Y los niños… los pobres niños… pero qué podían haberle hecho a nadie esas inocentes criaturitas… —lloró amargamente, mientras se doblaba sobre sí misma.

         Miguel la ayudó a incorporarse y la estrechó contra su cuerpo.

—Envidia —susurró ella de pronto—. Asquerosa y putrefacta envidia. Tu hermano y su familia tenían una vida perfecta, todo el mundo les quería y les admiraba… Y tu madre… oh, Miguel, tu madre se morirá del dolor cuando lo sepa… Envidia, los han matado por envidia…

—No digas tonterías —murmuró él, mirándola con preocupación. Sin embargo, por un segundo, imágenes de su hermano bañándose en éxitos y elogios de todas clases atravesó su mente. Sacudió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos sombríos y empujó suavemente a su mujer para que volviese a caminar—. Vámonos ya a casa. Hoy ha sido un día demasiado largo. Necesito un tranquilizante y… descansar. Vámonos, Marta.

         Esta última frase adquirió casi el matiz exacto de una súplica, por lo que ella asintió y, limpiándose las lágrimas, se apretó fuertemente contra él y reemprendió la marcha a su lado.

 

 

 

 

         Diez minutos después, el matrimonio entró en su apartamento. Las luces estaban apagadas, y ninguno de los dos se molestó en encenderlas.

         Marta dejó su gabardina sobre la mesa de la cocina, y Miguel la imitó. Ella cogió entonces ambas prendas para llevárselas a su cuarto, y al rodearlas con los brazos arrugó la nariz, sus ojos de nuevo húmedos.

—Mis pobres sobrinitos… Dios, si hasta tu chaqueta huele a gasolina…

—Estás demasiado afectada —masculló él—. Vete ya a dormir. Lo necesitas.

         Marta asintió, entrecerrando los ojos con dolor. Observó a su marido, el cual dejaba vagar la mirada más allá de la empañada ventana de la cocina con aire pensativo.

—No tardes en venir, por favor —musitó ella—. No quiero estar sola.

         Él asintió silenciosamente, sin desviar los ojos de la ventana, tras la cual el frío mordía a la oscuridad.

         Solo cuando Marta se hubo ido de la cocina, Miguel cerró lentamente los ojos. La imagen de la casa de su hermano ardiendo entre altas lenguas de fuego, así como el crepitar de la madera a merced del hambre de las llamas, estaban fuertemente arraigados en su cabeza.

—Envidia —susurró para el mutismo de la noche, recordando las palabras de su mujer—. Sí, envidia.

         Y, sacando de su bolsillo una caja de cerillas que posó sobre la encimera, salió de la cocina rumbo a su habitación.


 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Ángel de negro


Este texto está basado en un famoso fotograma de la película "El cielo sobre Berlín", en el cual aparece un hombre vestido de negro con unas alas blancas colgando de su espalda, mirando hacia abajo desde un alto edificio. Este relato no guarda ninguna relación con la película.
 
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Ángel de negro


Contemplé el vacío que se suspendía a mis pies, tan lleno y tan hueco al mismo tiempo. El aire helado se quedaba adherido a mi piel y a mis alas. Mis alas. Simples manchas blancas colgando inútiles tras mis hombros.
Las nubes se convulsionaban en un aterrador baile eléctrico, abrazando cada vez con más fuerza las puntas desprevenidas de los rascacielos. Mi túnica negra se mecía con el viento que arrastraba consigo la amenazadora tormenta que en breve descargaría su ira sobre la ciudad. Pero nada de lo que ocurría sobre mí lograba llamar mi atención. Yo seguía con la vista fija en ningún sitio. Porque para mí lo que había más abajo no era ningún sitio.
Los coches gruñían al asfalto y se deslizaban fugaces entre cúmulos de humo y vapor y aglomeraciones de muchedumbre. Todos parecían tener infinita prisa en buscar cobijo. Yo, no.
Respiré hondo. ¿Qué hacer? ¿Tendría razón ese diablillo endemoniado? “Salta”, me había dicho. “Salta, y comprueba si miento, si es cierto o no que ya no puedes volar”. Y yo, tonto de mí, le había hecho más caso del debido. Así que aquí estoy ahora, debajo de una tormenta y encima de una ciudad, en un punto intermedio entre el cielo y el asfalto. Suspiré. ¿Cuánta verdad habría en las palabras de la criatura? Solo había un modo de averiguarlo.
“Vamos”, me dije. “Eres un ángel. Los ángeles tienen alas. Tú tienes alas. Y las alas sirven para volar. ¿Qué podría salir mal?”
Así que con un último suspiro de resignación, di un paso atrás para coger impulso y salté, justo cuando la primera gota de agua se desprendió del cielo.
Intenté mover las alas, como tantas otras veces había hecho, pero estas no me respondieron. Las sentí pesadas y húmedas, pegadas a mi espalda.
Y grité.
 Y caí.
Caí como un muñeco de trapo inservible del que se deshace el firmamento. Caí como un puñado de nada que se arroja desde un balcón. Caí como una lágrima mal disimulada que se pierde en el cuello de la camisa. Caí como solo un ángel contaminado por la despiadada humanidad podía haber caído. Caí porque mis alas ya no me obedecían, porque ya no eran nada, absoluta e irrevocablemente nada, y todo por culpa del mal y el odio que había anidado en mi corazón desde que comencé a tratar con humanos. Así que, simplemente, caí.­
 

Foto: "El cielo sobre Berlín"
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La noche estrellada

        Este breve relato es una crítica no muy positiva del cuadro "La noche estrellada", del artista Vincent Van Gogh. Sin embargo, ante todo quiero aclarar que esa magnífica obra de arte es mi favorita entre las muchas maravillas que creó Van Gogh, por lo que este texto tiene como único fin el uso de la ironía, y no la destrucción del cuadro.
        Y tras esta aclaración, os dejo con la lectura.



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            Sí, sin duda esa era una noche maravillosa. La luna está tan amarilla y plana en el cuadro que parece un trozo de sandía recién sacado de la impresora. Las estrellas colocadas con gran esmero y precisión, exactamente como si hubieran acabado ahí tras una interpretación de hip-hop ante el lienzo por parte de Vincent. Y yo sigo sin comprender las ridículas curvas y ondas del cielo. Estoy entre pensar que son una forma abstracta de representar la magia nocturna que desprende la luz de las estrellas como energía en movimiento o, simplemente, el resultado de un intento de difuminación tras un par de copas de más. Inexplicablemente, me declino en mayor medida por la segunda opción.

            Otra cosa de este espléndido cuadro: ¿en qué demonios estaría pensando Van Gogh al dibujar el picacho negro ese? A veces me imagino que se trata de una de esas gigantescas mansiones de verano, idónea para despeñarse desde el punto más alto, y construida con tal simetría y cuidado como si lo hubiera planificado el perro de mi vecina.

            El pueblo que se ve más abajo tampoco tiene desperdicio; lo contentos que se van a poner los siete enanitos cuando les digan que ya pueden independizarse y vivir cada uno en una casa.

            Como decía antes, sin duda Van Gogh eligió una noche maravillosa para pintar esta increíble obra de arte.
 
Foto: "La noche estrellada", de Vincent Van Gogh
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