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jueves, 10 de abril de 2014

Lágrimas de adulto

¡Hola, bookers! Hoy os traigo un breve relato que escribí allá por enero, tras leer un libro cuyo personaje decía algo así como que los adultos nunca lloraban porque eso era cosa de niños. Se me ocurrió esta pequeña historia y decidí escribirla, pero la dejé a medias y me olvidé de ella. No obstante, esta noche la he recuperado y terminado para vosotr@s. A ver qué os parece.
 
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         Mis padres siempre fueron las personas más diferentes de todo el mundo. A veces, yo me preguntaba cómo podían haberse enamorado un hombre y una mujer tan distintos. No lo entendía, pero tampoco le daba demasiada importancia. Ni siquiera era capaz de imaginármelos lejos el uno del otro, y para mí ya era normal verlos discutiendo por puntos de vista contradictorios. No era nada nuevo, ni nada que pudiese causar problemas. Además, estaba el hecho de que mi padre adoraba a mi madre. La quería con locura, y estaba constantemente colmándola de regalos y atenciones. Sin embargo, en ocasiones yo sospechaba que, pese a todo, ella no le amaba.
         Aunque nunca lo reconocería en voz alta, mi padre era mi favorito. No era como los demás adultos, y parecía saberlo absolutamente todo. Siempre que tenía un problema, recurría a él. Y no había una sola vez que no me ayudase.
         En mi mente vive una imagen imborrable, que perdurará ahí eternamente: mi padre sentado en su viejo sillón de cuero, ese sillón que olía a historia y a pergaminos antiguos. Él cruzaba una pierna por encima de la otra mientras leía el periódico, se reía por lo bajo y se burlaba de la sociedad.
         Siempre tuvo una forma de pensar y de actuar muy distinta a la del resto de los adultos. Por eso era diferente. Por eso mi madre discutía tanto con él.
         Recuerdo cuando mi profesora nos pidió que estudiásemos un valor humano importante. Yo no entendía qué era eso de los valores, así que no sabía qué estudiar. Como siempre, acudí a mi padre. Él me sonrió, fue conmigo a la cocina, cogió unas semillas de un bote etiquetado como “perejil”, las plantó en una macetita y me la entregó. Sin ninguna aclaración más, regresó a su sillón de cuero.
         Durante los días siguientes me dediqué a observar la pequeña maceta, sin hallar en ella nada nuevo o interesante. No encontraba la relación de las semillas con los valores humanos, y en más de una ocasión estuve tentado de correr junto a mi padre y pedirle una explicación, pero intuía que eso le decepcionaría, por lo que aguantaba y persistía en mi empeño de encontrar una solución en la contemplación de la oscura superficie de tierra. Pero una semana después, seguía sin descubrir cambio alguno en la maceta, con lo que llegué a plantearme que todo fuese una especia de broma, y pensé que nada crecería allí. Aquello me desesperó.
         Sin embargo, catorce días después de haberle pedido ayuda a mi padre, una mañana cálida y azul, pequeños brotes verdes, tiernos y jóvenes asomaron entre los grumos terrosos y húmedos que albergaba la maceta, siendo recibidos por sus primeros rayos de sol. La infinita alegría que me sacudió ante tan aparentemente trivial revelación fue sobrecogedora, como si en lugar de la germinación de una planta estuviese presenciando el lanzamiento de un cohete espacial. Y esto compensó con creces la larga espera.
Comprendí entonces uno de esos valores humanos tan trascendentales. Ser paciente. Aguardar el momento justo sin perder la calma.
         Y a día de hoy, muchos, muchísimos años después, cada vez que me impaciento pienso en mi padre y sus semillas de perejil, y recuerdo la importancia de saber esperar. Es una de las muchas lecciones que me inculcó y que nunca podré olvidar.
         Otro recuerdo que conservo, y me atrevería incluso a decir que el peor, es el de las lágrimas.
         Era una tarde de otoño, en octubre, concretamente. Hacía muchas horas que no veía a mis padres, yo estaba jugando en el salón. No sé por qué, pero subí al piso de arriba. Y allí escuché los sollozos. El sonido de las lágrimas al caer. Lágrimas de adulto.
         Mucha gente piensa que las personas mayores no lloran, pero esto no es cierto. Todos, absolutamente todos, sin margen de error, necesitamos liberarnos de tristezas de vez en cuando. Y los adultos no son una excepción.
         Entré en la habitación de mis padres, y ahí estaba él. Sentado sobre la cama, con un papel arrugado y húmedo en su puño apretado y el rostro enterrado en su otra mano.
         Le pregunté por qué lloraba, y me preparé para que hiciese lo que todos los padres hacen en situaciones como esa: decirnos que nos vayamos a nuestro cuarto. No quieren que les veamos derramar lágrimas. Me pregunto si realmente creerán que desde nuestras habitaciones no se les oye llorar.
         ¿He dicho ya que mi padre no era como los demás adultos? Si no lo he hecho, aprovecho ahora para decirlo. Porque él alzó la vista, clavando en mí sus ojos rojos e hinchados, y me hizo un gesto para que me acercase.
         Yo nunca le había visto tan triste. Parecía como si todo el dolor del mundo acabase de aterrizar sobre sus hombros, cargando de agua su desolada mirada.
         Me sentó sobre su regazo, me revolvió el pelo como había hecho siempre y, con voz temblorosa y rota, carente de esperanza, me pidió perdón.
         Y siguió llorando, desprendiéndose de un recuerdo feliz con cada lágrima.
         Aquel fue el día que mi padre abandonó sus periódicos y su sillón de cuero.
         Aquel fue el día que mi padre olvidó cómo reír y cómo ser diferente.
         Aquel fue el día que mi padre murió un poquito por dentro.
         Aquel fue el día que supe que mamá se había ido.
          
 
 
 
             Fotografía obtenida de www.pediatricblog.es

sábado, 22 de febrero de 2014

Muerte

       Hoy os dejo un relato un tanto extraño, impreciso, incluso puede que algo macabro. No os extrañéis si no le encontráis sentido, lo más probable es que no lo tenga. Su interpretación es totalmente libre y subjetiva, porque aunque la idea está ahí, los conceptos y los hechos quedan abiertos y sin definir. Espero que os guste o, al menos, que no os horrorice demasiado.


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Es una noche de verano, probablemente de mediados de agosto, aunque él no está seguro. No puede estarlo, ni tampoco le importa. Un número en el calendario sigue siendo eso: un número, una cifra como cualquier otra que puede ser modificada al antojo del sujeto con apenas un par de trazos.
Pero a él no le interesan los números. Camina entre los retazos de raído mutismo que penden de la luna en forma de colmillo. El frío gélido de la noche afilada se cuela entre los resquicios de su abrigo, mordiéndole la piel sin compasión.
Tampoco esto le importa. El frío es algo subjetivo, una realidad inexistente, basada en la ausencia de calor. Nada que pudiese llegar a molestarle.
Sigue caminando, como cada noche, como todas las noches desde hace doce años. Las calles parecen estrecharse en los perfiles arrugados y puntiagudos del fondo, jugando con el temor de los que osan aventurarse a andar en aquellas intempestivas horas sobre los adoquines polvorientos.
En una ocasión, una ventana se ilumina, un leve fulgor apagado, amortiguado por viejas y pesadas cortinas. Un rostro pálido asoma tras el cristal, una mirada oscura teñida de desvelo y preocupaciones.
Él no se detiene, el rostro desaparece tras las cortinas y el fulgor se extingue.
El aire se vuelve denso, remoloneando entre los pliegues de su ropa, tirando de él hacia abajo. Pero sigue avanzando.
Y entonces llega, ve la verja forjada en hierro negro y frío, las altas lanzas que se yerguen como fauces de dientes calcinados.
Empuja la puerta y entra, perdido en el más absoluto de los silencios. Ve las tumbas que siembran el terreno húmedo, los hierbajos que nadie ha descubierto o que nadie se ha molestado en arrancar, los cipreses mortecinos que proyectan sus figuras fúnebres sobre el suelo informe.
Pasa junto a un pequeño mausoleo, un sepulcro que alguien pagó en su día para cobijar el alma perdida de algún pobre diablo con dinero, un empresario, un comerciante, un ingeniero quizá.
Sigue caminando. No se detiene. Nunca se ha detenido en esos doce años, y no tiene intención de estrenarse ahora. Los mismos pasos cada noche, exactamente los mismos. La misma ciudad, la misma verja, el mismo mausoleo, el mismo gato, sí, ese felino azabache que huye asustadizo entre las raíces de un ciprés cercano, esa criatura veloz que vive entre muertos.
Y, finalmente, la misma tumba. Ninguna otra, jamás. No una de las demás, aquellas que rodean el lugar apuntando en todas direcciones con sus cruces maltrechas y sus estatuillas deformadas por la lluvia y el viento.
No. Solo esa tumba.
         Él se detiene, su viaje ha terminado, y lo sabe. Como cada noche, lo sabe. Es consciente de quién está allí enterrada, comprende que sus restos siguen descansando sepultados bajo todo aquel silencio. Aprieta los puños. Relaja las manos. No hay nada que hacer. No existe solución posible.
         Ella no va a volver. La verdad es tan afiladamente cercana, tan desmedidamente lacerante, y a la vez tan desdichadamente real…
         No hay nada que hacer, y lo sabe. Nunca ha habido nada que hacer. Y si no halló la solución en esos doce años, ¿por qué habría de hallarla esta noche? La respuesta naufraga en las mareas impredecibles de su mente.
         Contempla despacio el perfil de la tumba. No hay prisa. Ella ya se ha dado cuenta de que él está ahí. No es solo un ánima que pena vagando en su ignorancia del mundo que corre a su alrededor. Le está esperando. Lleva doce años esperándolo.
         La respuesta siempre es negativa, pero ¿por qué no intentarlo una vez más? Ella vuelve a pedirle que la encuentre.
         ¿Y entonces? ¿Acepta? No, no puede irse aún. Todavía quedan cosas por hacer. Demasiados asuntos que resolver. Muchas personas a las que decir adiós.

         Pero ¿podrá ella esperar para siempre? Tal vez no. Es un riesgo que quizá debería correr.
         Así que, ¿lo hace? Sí, esta vez cree estar seguro.
         Da un paso hacia delante. La tumba está ahí. No se ha movido, pues sería pecado de estulticia pensar que llegaría a moverse.
         Aguarda el momento exacto.
         Alza la vista al cielo.
         Una nube arañada por el paso del tiempo se deja deslizar sobre la luna. La luz pálida ilumina durante un último segundo su figura exánime en mitad de la necrópolis.
         Después, todo se queda oscuro, la nube abraza a la luna y le tapa los ojos con sus dedos vaporosos.
         Y, tras doce segundos exactos, la nube se despide y se aleja lenta, tristemente. La luz vuelve. El cementerio recupera su visión.
         Pero, esta vez, no hay nadie.
 
 

domingo, 9 de febrero de 2014

Callar


 
Yo sé con cuánta frecuencia callar es gritar intensamente.
 
Antonio Gala (1936). Dramaturgo, poeta y novelista español
 

jueves, 6 de febrero de 2014

Dreams



 
Maybe what you need is just another dream...
MeriAnne Abévaz
 

"Tal vez lo que necesitas es tan solo otro sueño..."
 
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