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miércoles, 16 de julio de 2014

"Reflexiones" se mueve, "La estantería" sigue llenándose y "Reseñas" crece

         ¡Hola, bookers! ¿Qué tal estáis? Espero que bien.
 
         Bueno, pues como parece que esta es la semana de los cambios, vengo a comunicaros los más recientes que se han producido en el blog. El primero y más notorio es que, si os fijáis en las pestañas de arriba, veréis que la sección "Reflexiones" no está. Antes de nada, no os preocupéis, no la he eliminado ni nada por el estilo. Simplemente la he movido, y ahora podréis acceder a ella desde "Mis relatos cortos". Así despejamos un poco la cabecera del blog, que como bien notó ayer Gabriel Ordás (fiel seguidor de Las quimeras de tinta) empezaba a estar demasiado llena. Y dado que la línea que separa los relatos de las reflexiones puede llegar a ser muy fina, he decidido juntarlas.
 
         En segundo lugar, "La estantería" acoge hoy dos nuevos libros. Se trata de "Ola de calor", de Richard Castle, y "Perdona si te llamo amor", de Federico Moccia. Son dos lecturas muy distintas (géneros policiaco y romántico respectivamente), pero me servirán para los retos que tengo entre manos ahora mismo y, además, hace tiempo que están en mi punto de mira.
 
         Por último, quería anunciaros que hoy es el día en que la sección "Reseñas" acogerá al fin un nuevo apartado: "Películas". Y su primera aportación será "Bajo la misma estrella", la cual reseñaré esta misma noche en cuanto regrese del cine. Ya me diréis qué os parece... Y espero que os guste la idea de que opine también sobre adaptaciones de libros a la gran pantalla.
 
        Nada más por ahora, bookers. ¡Un abrazo!
 
        MA.A

viernes, 11 de julio de 2014

Amigos


Hola, bookers. Hoy os traigo una entrada especial. Distinta. Personal.
Hoy vengo a hablaros de los amigos de una forma diferente.
Ayer regresé a casa tras un viaje de vacaciones en el cual descubrí muchas cosas, y la más importante de todas quizá fuese que los amigos se esconden donde menos te lo imaginas.
Ahora mismo, mientras escribo estas palabras, me encuentro siendo espectadora de un debate interior, en el cual luchan la pena por haberme separado de unos compañeros simplemente increíbles y el orgullo de ser parte del mejor grupo de verano de la historia: los Antipuertas. Y sí, sé que este nombre puede resultar extraño, pero creedme, existe una historia detrás de ese título. Una historia que puede que os cuente en otra ocasión. Pero no hoy. No ahora.
En estos momentos quiero hablaros de cómo unas personas que no se conocían en absoluto, que tenían procedencias distintas y destinos discordantes, que no parecían tener nada en común, se encontraron en el mismo sitio. Y se miraron. Y se hablaron. Y ahí empezó la magia.


 
En ocasiones nos damos cuenta de que esa cara que pasó tan cerca y a la vez tan lejos de nosotros un día cualquiera puede volver en el futuro, con más protagonismo del que podríamos haber pensado en un principio. Gente que creímos que no volveríamos a ver porque simplemente no parecía importante: alguien que camina junto a ti en la calle, o que te cruzas en un paso de cebra, o que tropieza contigo en una playa, o que desayuna a tu lado en una cafetería. No, definitivamente no es importante. Pero más tarde esa persona vuelve a aparecer. Y de repente es más que obvio su valor.
De esto saben mucho Andrea y Ainhoa.
¿Y después? Fácil: la amistad comienza a nacer. Puedes ver cómo crece ante ti al reparar en esas pequeñas cosas que comenzáis a compartir. Palabras y gestos que para el resto del mundo pueden ser una tontería, pero en los que tú puedes leer ese segundo significado que vosotros habéis inventado. ¿No es así, Adrián? ¿No es verdad que nadie mejor que tú conoce lo que se oculta tras ese simple “Eres guay” lanzado al aire con el pulgar alzado, los ojos entrecerrados y una sonrisa iluminando tu rostro?
Más tarde las palabras se amontonan y se convierten en ideas. Llegados a este punto, puedes empezar a despreocuparte. Dejar frases a medias. No pasa nada. Alguien las acabará por ti, tal y como tú lo habrías hecho. Decís lo mismo porque pensáis lo mismo, y lo demostráis de igual forma. Sé que sabes de lo que hablo, Sara.
Tal vez a estas alturas del relato todavía no entendáis lo que es la amistad. Tranquilos. Soy consciente de lo difícil que puede llegar a ser. ¿Cómo definirlo? Podríamos decir que los amigos son como esas estrellas que brillan en las noches más oscuras, incluso cuando las nubes de pesadillas y tormenta insisten en opacar su luz. O también que son los golpes de viento que te ayudan a mantener el rumbo en el barco de la vida, resistiendo los embistes de las olas gélidas y saladas. No me cabe la menor duda de que tú, Daniel, entendías a la perfección el poder que daban los amigos cuando te subías a aquel barco. Y cuán fácil parecía entonces ser los reyes de nuestro propio mundo.


 
Decidme, bookers: ¿cuánto sabéis de vuestros mejores amigos? Aquellos a los que conocéis desde hace tantos años… ¿Sabéis, por ejemplo, cuáles son sus postres preferidos? ¿Podrías afirmar con total precisión y seguridad qué color tienen sus ojos? ¿O decir en qué juegos son realmente buenos? Si no es así, no sé a qué estáis esperando para llamarles y preguntarles al respecto. Y no dudéis de mis palabras cuando os digo que en tan solo diez días se puede conocer a fondo a una persona. ¿No lo crees así, Josu?
Parad un segundo, queridos bookers, y recapacitad. ¿Hay algo que queráis decirle a ese amigo especial? ¿Alguna cosa que haya quedado pendiente entre vosotros la última vez que os visteis? En caso afirmativo, ya estáis tardando en hablarlo con ese chico o esa chica que tan importante es para vosotros.
Porque si algo he aprendido de estos últimos días es que la amistad sabe durar toda una eternidad habiéndose creado en tan solo una semana … pero los amigos pueden no estar ahí para siempre. Mil razones se me ocurren ahora para que, en algún momento de vuestras vidas, tengáis que separaros. Y tal vez ese adiós sea efímero y reparable, pero también es posible que se trate de una despedida complicada e infinta.
Así que no os arriesguéis. Disfrutad de la compañía vuestros amigos. Dejad que ellos disfruten de la vuestra. Y, sobre todo, buscad la forma de no olvidarlos. De no olvidarlos nunca.
 

"Amistades las hay de muchas clases, entre ellas dos. Una clase se funda en afinidad de temperamentos, o en comunidad de ideas, o en coincidencia de intereses, o en cualquier cosa por el estilo. Otra clase de amistad no se funda en nada. Es la amistad por la amistad".

José Ferrater Mora

 
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Este texto va dedicado a más personas de las que aparecen en el mismo, pero sin las cuales estos últimos días no habrían sido tan geniales para mí como lo fueron.
Dado lo agradecida que estoy con ellos por haber sido simplemente increíbles, aquí os dejo la lista completa de todos los que, en algún momento de su vida, se sintieron un poco Antipuertas:

A Diego, que a veces piensa que no le tengo en cuenta por ser mi hermano, pero que no sabe que precisamente por eso él será siempre el primero.

A María, que invariablemente nos ganaba a todos al ping-pong sin tan siquiera despeinarse, y que jugaba al fútbol como los grandes de este deporte.

A Paula, que se sentaba a escucharnos incluso cuando no decíamos más que tonterías.

A Ángel, que como decía Sara era un amor, y que nos demostró que a veces el más inocente es también el más valeroso.

A Andrea, que creía en un mundo sin trampas y sin mentirosos, y cuyo carácter se hacía notar allá donde iba.

A Ainhoa, que era la más pequeña, y no le tenía miedo a nada ni a nadie porque no tenía razones para temer.

A Mikel, que nos recordaba lo fuerte que te sientes cuando eres un niño y crees en el poder de la verdad y la candidez.

A Adri, que es con diferencia el chico más guay que conozco. Y le odio. ¿Querrá ser mi mejor amigo?

A Sara, que me entendía con solo verme y que pensaba a la vez que yo, haciéndolo todo más fácil, convirtiéndome en cómplice de sus locuras.

A Dani, que no sé si se acuerda de que le dije que en ocasiones los más bajitos son los que más guerra dan y los que mejor saben defenderse. Y porque yo tenía razón.

A Nerea, que me enseñó que cuando eres amiga de alguien da igual el tiempo que pase: esa amistad no muere, y es por eso que no vale la pena llorar.

Y a Josu, que “en general” es el mejor profesor de ping-pong y de euskera del mundo, y que es el único chico de ojos de mil colores que conoceré en toda mi vida.

Gracias por ser vosotros, Antipuertas. Creedme cuando os digo que no os olvidaré nunca. Pase lo que pase.

sábado, 12 de abril de 2014

El dolor de decir adiós


         No sé si lo has pensado alguna vez, pero cada momento de la vida tiene un sabor. Tal vez ya te hayas dado cuenta y yo no te esté contando nada nuevo. El caso es que las despedidas tienen un sabor amargo, terriblemente amargo, y como yo siempre he sido más de dulces no me gusta decir adiós.

         Porque todos conocemos ese momento en que toca agitar la mano y contener las lágrimas mientras contemplas impotente cómo pierdes algo. A veces son cosas sin importancia, detalles que no echarás de menos. En otras ocasiones, son piezas del puzle sin las cuales el cuadro deja de tener sentido.
 


 
         Puede que por eso las estaciones de tren sean lugares tristes; porque allí se han roto muchos cuadros que dejaban tras de sí lienzos incompletos. Y nosotros intentamos arreglar lo que queda del dibujo, pero como no somos ningún Velázquez la imagen se queda a medias, coja de un lado o de otro, eso da igual.

El caso es que ya no es el mismo cuadro del principio, y de pronto te encuentras con que no sabes qué colocar en ese nuevo espacio vacío de tu vida.

         Porque sí, tienes que colocar algo. A nadie le gustan los espacios vacíos, creo yo. Por eso buscamos otras cosas que poner ahí, justo ahí, donde antes había un puesto ocupado y donde ahora ya no hay nada.

         Yo soy de esas personas que piensan que las despedidas duelen. Hay gente que opina que son tan necesarias que no pueden hacer daño, y fingen que no les destruyen un poquito, y siguen adelante olvidándose de todo. Y hay gente que no cree en las despedidas porque nunca han tenido que vivir una. Pero yo puedo dar fe de que no son un mito: existen.

         El otro día estuve en una de esas estaciones de tren. Miré a mi alrededor y vi muchas prisas. Gente corriendo. Gente mirando el reloj. Gente moviendo maletas. ¿Y las despedidas? Ya nadie dice adiós como se hacía hace años. Supongo que se debe a todo eso de las nuevas tecnologías, que poco a poco están haciendo que las ausencias no se noten tanto.
 
         Y no sé si esto es bueno o no, porque a veces ni siquiera los móviles ayudan a hablar con los que nunca van a volver. Y en esos casos ya es demasiado tarde para despedirse en condiciones, con un abrazo, un pañuelo blanco bordado y un abanico de lágrimas que refrescan las mejillas y limpian el alma.

         No, no me gusta decir adiós, pero pensándolo mejor he llegado a la conclusión de que, por mucho que duela, sí que es necesario. Aunque a veces prefiramos que nuestro último recuerdo de algo no pertenezca a una estación de tren. Porque créeme, no quieres irte o ver cómo se van si quedan cosas que decir.
 
 
         Así que no tengo mucho más que añadir. Solo eso. Es mi consejo. Atrévete a cerrar las maletas y a coger el coche. A pronunciar esas palabras que no podrás volver a repetir. A pintar de nuevo tu propio cuadro, porque no, no somos ningún Velázquez, pero podemos jugar a convertirnos en Picasso y decir a todo el mundo que nuestro lienzo tiene más sentido del que parece.

         Y esto sí que es ya una despedida. Pero no de las que duelen. Yo no me voy para siempre. Seguiré por estos lares mientras se pueda. Y prometo que, si se diera el caso de que me fuese para no volver, no me marcharía sin haberos dicho adiós.

         Aunque las despedidas nunca hayan sido fáciles.

viernes, 11 de abril de 2014

El día de días

Recuerdo a l@s lector@s que el objetivo de estas reflexiones es únicamente expresar mi opinión acerca de determinados temas. En ningún momento pretendo cambiar la forma de pensar de quienes me lean, ni imponerles nuevas perspectivas del mundo que nos rodea: solo quiero compartir las mías, y tú estás invitad@ a hacer lo mismo en los comentarios.
Un abrazo muy fuerte,
MA.A
 

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        Hoy quiero estrenar esta nueva sección del blog con una breve reflexión sobre algo de lo que me habló una profesora hace tiempo: el día de días.
         Probablemente te hayas dado cuenta de que a lo largo del calendario puede verse muchas fechas señaladas como importantes o especiales por estar dedicadas a determinados grupos de personas, como es el caso del día de la madre, el del padre, el del profesor, el de la mujer trabajadora, el de San Valentín…
 
 
        No dudo que la intención de algunas de estas festividades pueda ser inocente y real, como el día de la paz, pero a fin de cuentas, si lo piensas con calma verás que no deja de ser todo bastante ridículo. Si el propósito es incentivar la paz por todo el mundo, lo lógico y práctico sería hacerlo todos los días, y no indicar que es suficiente con ser buenos y no pelearse un día al año. Las guerras no cesarán solo con eso.
         Los “días de días” son también una mera forma de incitar al consumismo, y dado que somos parte de una sociedad que tiende a seguir a las masas, parece bastar con que alguien declare una fecha en concreto como momento especial para que todo el mundo se apresure a abastecerse de objetos mayoritariamente inútiles, que olvidarán y tirarán más tarde, pero que les harán sentirse acordes con lo celebrado. ¿A quién beneficia esto? A los compradores, desde luego que no.
         Además, que estos días suelen ser otra demostración de lo hipócritas que podemos ser los humanos. ¿Quieres un ejemplo? Piensa en San Valentín. Es sorprendente la cantidad de parejas que se pasan el día regalándose cosas y haciéndose arrumacos para no desentonar incluso cuando están a punto de romper su relación.
No creo que tener un “día de los enamorados” sea correcto, porque estadísticamente es mucho más probable que te den ganas de demostrar tu amor por alguien cualquiera de los otros 364 días del año, aunque solo sea por pura proporción. ¿Por qué restringir esas declaraciones de cariño a 24 horas en concreto? ¿Por qué no regalar una caja de bombones con forma de corazón un 13 de agosto, o llevar a tu pareja a pasear a la luz de la luna un 25 de septiembre, o incluso organizar una cena romántica con velas aromáticas y tarjetas rojas un 8 de julio?
 

 
         ¿Y qué me dices del día de la madre y el del padre? ¿Nunca le regalarás una rosa a ella en pleno diciembre, o una camisa a él a principios de enero, o un abrazo a ambos llegando el final de octubre?
         Yo reconozco que celebro algunas de estas fechas, o al menos, trato de no actuar muy en contra de lo “requerido”, pero hay muchas otras con las que no comulgo demasiado debido precisamente a eso: no son más que pruebas casi sólidas de lo mucho que nos cuesta ser espontáneos, originales y diferentes, salir de la comodidad de la rutina y declarar lo que pensamos o sentimos porque queremos hacerlo, y no solo porque lo diga un calendario.
 


 
        ¿Y tú? ¿Qué opinas de los días de días?
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