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sábado, 8 de febrero de 2014

EDDLC - Capítulo 9: ¿Qué quieres, Rubén?


Contemplé el techo de mi cuarto, que se hacía más visible a medida que los primeros rayos de sol del día se infiltraban por mi ventana. Los números brillantes del despertador relucían junto a mi cabeza, casi apremiándome en silencio para que me levantara.

Oí cómo la puerta de mi habitación se abría lenta y silenciosamente para después volverse a cerrar. Una figura pequeña y oscura avanzó torpemente a ras del suelo y trepó a mi cama, deslizándose velozmente entre las sábanas. Al instante, sentí las frías y diminutas manos de Emma entrelazarse con las mías, mientras me susurraba:

-Noe, mami dice que te despiertes. Espera, ¿estás despierta?

-Sí, estoy despierta –respondí con una sonrisa.

-Ah. Oye, tu cama es muy cómoda.

-Ya, pero mamá tiene razón, si no me levanto ahora mismo llegaré tarde a clase. Esta noche, si quieres, te dejo dormir conmigo.

La cogí en brazos mientras se le iluminaba la cara en una radiante sonrisa de alegría ante mi propuesta. Fui con ella hasta la cocina y desayuné.

Después, me duché, me vestí y me peiné en tiempo récord, tras lo que salí de casa con la mochila pesando sobre mis hombros. El autobús me recogió en la parada y, como siempre, me senté al fondo, junto a Javier, que me dio los buenos días con una sonrisa de lado a lado. Últimamente, esas sonrisas eran más sinceras que nunca, y su alegría al verme inundaba sus ojos. Realmente me sentía muy a gusto con él.

Entonces, la cabeza rubia de Rubén asomó por el asiento de delante y una de sus miradas descaradas se posó sobre mi escote, como el día en que le conocí.

-Hola, preciosa –saludó. Fernando, que estaba sentado con él, se dio también la vuelta y se quedó mirándonos, con aire ausente.

-Hola, Rubén –suspiré.

-Te veo estupenda hoy. Por cierto, déjame que te diga que esa camiseta deja adivinar perfectamente que estás muy bien dotada… como mujer, quiero decir.

Abrí mucho los ojos ante su osadía mientras Javier bufaba, con el ceño fruncido.

-Eh… gracias, creo… pero te agradecería que dirigieses tu mirada a mi cara en vez de a mi camiseta y demás, si no te importa.

-Claro. La verdad es que tus labios también ofrecen unas vistas de lo más deseables… -prosiguió envalentonado el joven rubio.

-Rubén, yo…

-Tranquila, preciosa, no estoy diciendo nada malo –y guiñándome un ojo se dio la vuelta de nuevo.

No volví a hablar con él en lo que quedaba de trayecto, periodo de tiempo que Javier se pasó mirando por la ventana apoyado en un codo, con cara de mala leche.

El resto del día en el instituto transcurrió sin incidentes, exceptuando una pequeña discusión que se produjo frente a una de las cafeterías. Por lo que pude oír, Jennifer se había peleado con una chica de segundo. Lo que había comenzado como una simple conversación en tono frío, había acabado en una pequeña batalla basada en tirones de pelo, patadas y arañazos. Al parecer, todo empezó cuando la chica de segundo decidió que era una buena idea difundir por el alumnado la noticia de que Jennifer, que tanto presumía del color dorado de su pelo, era rubia de bote, y que el padre de la misma no era tan rico como la joven decía. Y claramente, eso de buena idea tenía bastante poco.

Como decía, aparte de ese incidente no ocurrió nada más digno de mención… al menos hasta que tocó el timbre de salida.

Me apetecía andar, por lo que decidí ir a casa a pie en vez de en autobús. Caminaba por la acera de una calle solitaria cuando, de pronto, una mano cubrió mi boca mientras un fuerte brazo me arrastraba hasta un callejón oscuro. Allí, me empujó contra la pared y sentí un cuerpo pegado al mío, impidiéndome huir.

Un rayo de luz se colaba entre varios tendales suspendidos sobre nuestras cabezas, y cuando ese rayo iluminó la cabeza rubia de mi agresor, descubrí con sorpresa a Rubén, que me sonreía torvamente.

-Vaya, preciosa, ¿nunca te dijeron que no es buena idea andar tú solita por las calles solitarias?

-Rubén –jadeé-. ¿Qué quieres?

-A ti –respondió, y yo sentí un escalofrío-. Por ahora, puede que me conforme con un beso tuyo, y después… ¿quién sabe? Reconozco que tengo muchas ganas de quitarte esa camiseta tan bonita…

Me retorcí, pero me tenía muy bien sujeta. Con la mano que le quedaba libre, me alzó la barbilla, haciendo que nuestros rostros quedasen a la misma altura.

-Rubén… Rubén, por favor…

-Shhhh… Calla. No voy a hacerte daño. Te lo prometo. Ya te he dicho que de momento solo quiero un beso…

Y dicho esto se inclinó hacia mí, con los ojos ávidos de deseo.

No iba a lograr zafarme, por mucho que me removiese… Estaba cada vez más cerca, ya podía sentir su aliento agitado sobre mis labios, y entonces…

sábado, 1 de febrero de 2014

EDDLC - Capítulo 8: Rubia y cargada de bisutería barata


Noviembre.

Hacía ya un mes que había comenzado el curso. Parecía mentira, pero poco a poco estaba logrando salir adelante.

Me había acostumbrado ya al viento frío que azotaba mi cara todas las mañanas, a los colores cambiantes de un cielo que a veces era limpio y azul, otras veces blanco y liso y otras, oscuro y plomizo. También me había acostumbrado a mi nuevo instituto, a mi nueva casa, a mi nuevo cuarto.

Y no solo eso. Javier y yo nos habíamos hecho amigos.

Al principio no me lo creía, pero efectivamente, desde el día que hablamos en la biblioteca habíamos empezado a vernos más a menudo. En un comienzo solo nos encontrábamos en las clases, dónde con frecuencia nos sentábamos juntos. Después, en los recreos charlábamos recostados en los árboles del jardín del instituto. Luego, con el pretexto de nuestro trabajo de historia, quedábamos fuera del horario escolar para vernos en el parque de cerezos que había de camino al instituto.

Dos meses después, y pesar de que ya habíamos entregado el trabajo, no habíamos dejado de acudir a nuestras “citas” bajo los cerezos, y estos encuentros pronto se hicieron diarios.

A veces hablábamos de cosas sin importancia y nos reíamos de anécdotas ridículas. En otras ocasiones, bastante menos frecuentes, lograba convencerle tras largo rato de súplicas para que me dibujase algo. Entonces se pasaba varios minutos trazando sobre un cuaderno los rasgos de perros que nos observaban con curiosidad, las ramas de los árboles meciéndose a merced del viento, el rostro inquisitivo de un transeúnte que se ocultaba tras el periódico…

Los dibujos de Javier eran auténticas obras de arte, a pesar de su recelo a que yo le viese crearlas con esa facilidad. Su modestia era asombrosa, ¡con lo maravillosos que eran! Tan encandilada estaba yo con ese don que poseía que mi alegría fue inmensa cuando, un cálido sábado por la tarde, me obsequió con un retrato mío.

En el dibujo, yo estaba sentada, con la espalda apoyada contra un cerezo, un libro entre las manos y el viento acariciando mi cabello. Viéndolo realmente parecía que yo era hermosa, a pesar de que eso no era cierto.

Eso me recuerda a que todavía no os he dicho cómo soy, ¿verdad? Bien, pues… Soy más bien baja de estatura. Mi pelo es largo y castaño oscuro, y tengo los ojos del color de la miel. Mi atractivo físico raya la nulidad, pese a lo que se refleje en el dibujo de Javier…

Volviendo a mi historia, la verdad es que llegué a pensar que todo me iría bien. Tenía un gran amigo, estaba llevando perfectamente las clases, el tiempo resultaba ser de mi agrado… Creía que no había nada de lo que preocuparse.

Ni que decir tengo que me equivoqué.

Los problemas cayeron torrencialmente sobre mí el primer martes de noviembre. Los cerezos ya habían perdido todas sus hojas, y alzaban hacia el cielo unas ramas oscuras y temblorosas. Parecía que iba a ser un día como otro cualquiera.

Todo empezó a torcerse cuando, mientras esperaba a que el timbre de entrada sonase, alguien me empujó desde detrás, tirándome varias libretas que sostenía entre mis brazos. Cuando me agaché para recogerlas, un escupitajo se estrelló contra el asfalto a escasos centímetros de mi mano.

Quien había errado el tiro no era otra que la chica rubia cargada de bisutería barata que prácticamente me había insultado tras empujarme en las escaleras en mi primer día de clase. No se había quitado ni una de sus joyas.

-Deberías quedarte ahí, en el suelo, que es donde tendrían que estar los pardillos como tú –dijo con altanería, mientras un pequeño séquito de chicas empezaban a reírle la gracia.

Tal y como había ocurrido la primera vez que me encontré en el suelo por su culpa, fue Javier quien me tendió su mano, ayudándome a levantarme. Yo se lo agradecí con la mirada, antes de volverme hacia aquella arpía con demasiados aires de grandeza.

-Es curioso que eso lo diga alguien cuya vulgaridad es tal que en su defensa recurre a los escupitajos –le reproché, disfrutando de su claro horror ante mi comentario.

-Cierra la boca, pobretona. Tú y tu amiguito no sois más que dos estúpidos paletos, con las narices metidas siempre en vuestros ridículos libritos para niños pequeños. ¡Él es un marica que no sabe ni chutar un balón y tú una ñoña que no tiene ni donde caerse muerta! ¡Dos retrasados que se pasan leyendo todo el maldito día!

-Mucho me temo que no comparto tu relativamente respetable opinión acerca de la calificación de nuestra personalidad a partir de nuestras preferencias en el ámbito del ocio –intervino Javier, con el semblante sereno. La chica le contempló con la boca torcida, pues claramente su coeficiente intelectual no era el suficiente como para procesar adecuadamente toda la oración en poco tiempo. Finalmente, y aún con el rostro descompuesto, preguntó:

-¿Intentáis hacerme quedar como una idiota?

-No necesitas nuestra ayuda para eso… -murmuró Javier, demasiado alto. La chica se abalanzó sobre él, claramente dispuesta a arañarle la cara, pero por suerte en ese momento Julián, el profesor de historia, llegó a nuestro lado y los separó con el ceño fruncido, gritando:

-¡Basta, por favor! ¡Javier, Jennifer, cada uno a sus respectivas clases, os lo ruego! ¡No me obliguéis a amonestaros!

Finalmente, y con la ayuda de algunos de nosotros, Julián logró impedir un enfrentamiento entre ambos estudiantes e impuso orden mientras el timbre sonaba sobre nuestras cabezas.

Observé a mi amigo con tristeza: un pequeño hilillo de sangre resbalaba por su mejilla. Él esquivó mi mirada y se limpió la herida con la manga de la camisa.

-Vamos –murmuró- o llegaremos tarde. Maldita Jennifer…

-¿La conoces? –pregunté con algo de asombro.

-Bah, es una larga historia sin importancia.

No volvimos a hablar del incidente, pero en silencio le agradecí de corazón que me hubiese apoyado.

Y esa no sería la primera vez que Javier saliese en mi defensa.

sábado, 25 de enero de 2014

EDDLC - Capítulo 7: En la biblioteca


Viernes, al fin. Segundo descanso. Quince gloriosos minutos para hacer lo que quisiese. Y lo único que quería en ese momento era relajarme.

Por tanto, me dirigí a la biblioteca. Dada la evidente repulsión que la mayoría de los alumnos mostraban hacia los libros, dudaba que hubiese mucha gente allí.

La biblioteca de nuestro instituto se hallaba en la parte posterior del edificio. Era una sala grande y espaciosa, con amplios ventanales que daban al jardín del otro día. Sus paredes se hallaban ocultas por estanterías llenas de volúmenes de consulta y libros del género narrativo, teatral e incluso poético. El centro de la estancia lo ocupaban unas cuantas mesas dispersas a cuyo alrededor se congregaban varias sillas. La mayoría estaban vacías.

Solo había seis personas en la biblioteca: la profesora encargada de la vigilancia, un par de amigos que bromeaban entre cuchicheos tras una estantería, una chica que deslizaba el dedo sobre los tomos de varios libros, otra que escribía con apuro sobre una libreta apoyada en un estante y… Javier. Allá donde fuese, siempre me lo encontraba. No me extrañaría nada que pensase que le seguía. Pero eso no era en absoluto cierto… ¿o sí?

Me mordí el labio inferior mientras le observaba. Era indudablemente atractivo. En ese momento se hallaba sentado en una mesa, dibujando algo sobre un folio. Un mechón de pelo castaño ocultaba parcialmente sus ojos verdes que relucían por la concentración. Fruncía el ceño de una forma que encontré adorable.

Sacudí la cabeza y me acerqué a él con decisión. El miércoles, durante la clase de historia, estuvimos cerca de media hora divagando sobre el tema de nuestro trabajo y la organización del mismo: solo llegamos a la conclusión de que lo haríamos sobre los aztecas.

No habíamos vuelto a hablar desde entonces, y yo tenía varias preguntas que hacerle. Cuando llegué a su mesa, me senté en una silla frente a él y cuestioné a bocajarro:

-¿Por qué no te defendiste el lunes?

Él alzó la cabeza y me miró, confuso. Su ojo derecho seguía mostrando las marcas de un golpe, ahora de un malsano tono verdoso.

-¿Disculpa? -preguntó sin comprender, pero yo no me anduve con rodeos:

-El lunes, después de que esos chicos de segundo te pegasen, en el despacho del director, ¿por qué no te defendiste?

-No sé de qué me hablas –alegó con calma.

-No te hagas el loco. Escuché la conversación desde detrás de la puerta y también vi la pelea. Sé que tú no empezaste, que ellos te provocaron y que tú solo te defendías cuando les empujaste, y a pesar de ello no le dijiste nada al director, asumiste toda la culpa, y yo quiero saber por qué.

Javier me observó unos segundos con los ojos entrecerrados y, después, apretando levemente los dientes, me siseó:

-¿Nunca te ha dicho tu madre que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas? –parecía molesto, pero yo no me dejé intimidar.

-Hablo en serio, Javier. Necesito una razón –estaba segura de que tendría que insistir más, pero él se limitó a encogerse de hombros y respondió:

-Vale, es cierto, no me defendí ante el director. ¿Y qué? Me pides una razón que no poseo. Simplemente, ya tengo demasiados problemas como para encima tener que preocuparme por ese tipo de tonterías sobre de quién es la culpa de esto y de lo otro. Es la única respuesta que puedo ofrecerte porque es la única que tengo.

No sé por qué, pero en ese momento no tuve dudas de que Javier no mentía. Sin embargo, había algo más que quería preguntarle:

-¿Quién te ha puesto ese ojo morado? –noté su vacilación antes de responder:

-Aquellos chicos; ¿no dices que viste la pelea?

De igual forma que antes había sabido que no me mentía, ahora ponía la mano al fuego porque sí que lo hacía. Y no me quemaba.

-Sí, la vi, y sé que no te golpearon en el ojo.

-Será que no te acuerdas o no te diste cuenta…

-No, es que no te golpearon en el ojo. Apareciste con él morado el miércoles.

Javier me miró con una expresión indescifrable, y finalmente susurró con tono reprimido:

-Por favor, Noelia, no me preguntes más sobre eso.

El hecho de que se acordara de mi nombre me distrajo levemente de su más que curiosa petición. ¿Por qué no quería que ahondase más en el tema? ¿Qué ocurría exactamente? ¿Quién le habría pegado?

De pronto, bajé la vista involuntariamente hacia la mesa, hacia el folio en el que Javier había estado dibujando, y solté una exclamación ahogada.

-¿Lo has hecho tú? –inquirí anonadada. Era un bosquejo precioso de un dragón serpenteando entre las nubes. Los trazos eran seguros y apasionados, los rasgos de la criatura se definían a la perfección en una melódica armonía. Si me hubiesen dicho que era una foto, y de no ser porque los dragones no existían, me lo hubiera creído tranquila e inocentemente.

-Sí –respondió él. Parecía incómodo.

-¡Es fabuloso! ¿Dónde has aprendido a dibujar así?

-Mi madre me enseñó. Era profesora de arte.

-¿Era?

-Ella… falleció hace unos años.

-Lo siento –murmuré rápidamente, sintiéndome muy violenta por el giro que había tomado la conversación.

-No lo sientas, no fue culpa tuya en absoluto –medio bromeó, y sonrió. Entonces se levantó, cogió el dibujo y se fue, deseándome un buen fin de semana y despidiéndose hasta el lunes.

Me quedé mirando la puerta por la que había desaparecido, pensativa. Había algo distinto, algo que había cambiado y en lo que no caía.

Me levanté yo también y me dirigí a la salida. Un grupo de chicos de primero entraron en la biblioteca riéndose a grandes carcajadas.

Y entonces me di cuenta.

La sonrisa de Javier había sido alegre y sincera.

sábado, 18 de enero de 2014

EDDLC - Capítulo 6: El chico de los ojos verdes


Tenía un ojo morado. Le observé desde lejos, con disimulo. Sí, no cabía duda. Javier tenía un ojo morado. No recordaba que los abusones del otro día le hubiesen pegado en el ojo. Así pues, ¿cómo se había hecho ese hematoma?

El día anterior no había venido a clase. No lo comprendía. ¿Es que los abusones del jardín le habían vuelto a pegar? ¿Por qué? Llevaba rompiéndome la cabeza con el asunto desde que presencié la pelea. Tampoco entendía el motivo por el cual Javier había guardado silencio. Ese chico era un misterio para mí, un gran interrogante.

Estábamos en clase de historia. El profesor, Julián, era un hombre anciano, rayano a la jubilación, y de carácter amigable y bonachón. Nada que ver con el señor Roberto. Traté de atender a lo que estaba diciendo:

-Este trimestre, habrá una nota extra que radicará en un trabajo que debéis hacer por parejas. El tema será una civilización desaparecida, a elegir por vosotros de entre las que se mencionan en la página 32 del libro. Yo haré las parejas: Laura, tú irás con Carlos. Amalia, con Sara. Pedro y Fernando. Nicolás y Sofía. Nerea y Paula. Alfonso, tú con Rubén -la lista de nombres se prolongó unos segundos más, hasta que al final…- Y tú, Noelia, te pondrás con Javier. En el tiempo que resta de clase, podéis sentaros con vuestras parejas para discutir la civilización que trataréis.

Y dicho esto, se sentó tras su mesa y empezó a corregir unos exámenes de segundo curso. Me levanté, imitando a mis compañeros, y me dirigí hacia Javier, que no levantó la mirada de la mesa.

Me senté a su lado. Un extraño nudo se había hecho un hueco en mi garganta, negándose a soltarse, y me costaba hablar. De todas formas, ¿qué le diría? Él no sabía que yo había presenciado la pelea.

Finalmente, y con las palmas de las manos sudándome de forma extraña y sin razón aparente, balbucí con indiscutible torpeza un ridículo “Hola”.

Entonces, el muchacho se giró hacia mí, clavando su mirada en la mía. Nunca había estado tan cerca de él, y me asombré. Sus ojos, que en un principio había etiquetado únicamente como “verdes”, resultaron ser mucho más que eso. Era el color de la hierba húmeda por el rocío de las madrugadas, el color de las copas de los árboles frondosos que te cubren del sol y te ofrecen su sombra, el color de la hiedra que trepa por las paredes desafiando a la gravedad. Eran los ojos más hermosos que había visto nunca, pero no fue eso lo que me sobresaltó.

Aquella mirada estaba impregnada de dolor. De un dolor grande, inmenso, innegable, imborrable. Sus ojos estaban cargados de la soledad que se llora en silencio, de los secretos que repiquetean contra tu ventana y no te dejan dormir, de la humillación y el rencor reprimidos tras años de lucha sorda.

Me pregunté qué podía haberle hecho el mundo a alguien tan joven para marcar así su mirada.

En ese momento, Javier esbozó una triste sonrisa de medio lado. ¿Por qué todas sus sonrisas eran tristes y se quedaban a medias?

-Hola –me dijo. Su voz era agradable, cálida, aterciopelada.

En ese preciso instante, y aunque yo no me hubiera percatado de ello todavía, Javier se convirtió en el boceto de quien más tarde sería la luz que despejase las brumas de mis sueños.

 

sábado, 11 de enero de 2014

EDDLC - Capítulo 5: El silencio de Javier


Las primeras tres horas de clase habían transcurrido lenta y tediosamente, entre presentaciones, libretas y bostezos. El primer descanso había llegado. Podía ir adonde quisiese, aunque dado que la campana sonaría de nuevo en quince minutos lo mejor sería no alejarme demasiado. Sin embargo, dado que no conocía la zona no tenía ningún interés en abandonar el lugar.

No me apetecía entrar en una cafetería, estaban demasiado llenas. Por tanto, me acerqué a un pequeño jardín que ocupaba la parte posterior del instituto. Allí apenas había gente.

Más relajada, me acerqué a un árbol acariciado por los escasos rayos de sol que nos iluminaban, y me senté a sus pies. Apoyé la espalda en su tronco nudoso y saqué una libreta para dibujar.

Llevaba cosa de cinco minutos garabateando monigotes y caricaturas cuando escuché un grito. Alcé la cabeza y vi a un grupo de chicos de segundo curso rodeando a un joven sentado en el suelo: Javier. Le habían arrebatado un libro, y por lo que podía oír estaban insultándole:

-¡Mirad al invertido, qué culto! Leyendo un libro, vaya viril –se burlaba uno de ellos, mientras los demás le coreaban-. ¡Atiende, fíjate en lo que hago con tus cuentos! –y entonces arrancó violentamente varias páginas, separándolas de la encuadernación y destrozándolas después.

Javier se levantó de un salto, contemplando horrorizado el estropicio. Dio un paso hacia adelante, pero entonces otro de los acosadores le dio un fuerte puñetazo en el estómago que le dejó sin respiración. Me incorporé de golpe, tapándome la boca con espanto. No había nadie más allí, y claramente yo no podía hacer mucho para ayudar.

Javier apenas se había recuperado del golpe, cuando un tercer abusón le dio una potente patada en un costado que le tiró al suelo. Él se sujetaba el estómago con el rostro lívido y gemía entre dientes. Entonces, el chico que había destrozado el libro levantó una pierna para darle un pisotón, pero Javier logró apartarse justo a tiempo, y levantándose de un salto le empujó con todas sus fuerzas.

En ese preciso instante, el señor Roberto apareció por un extremo; en un par de zancadas, llegó a donde se había estado produciendo la pelea y agarró a Javier por los pelos. Los otros chicos intentaron irse, pero se quedaron paralizados ante los gritos de indignación del profesor, que se los llevó a todos a rastras sin reparar en mí.

Me di cuenta de pronto de que había estado conteniendo la respiración, y solté de golpe todo el aire que contenían mis pulmones. Sentía una desagradable opresión en el pecho debido a la preocupación por Javier.
 
 

 

 

Javier no apareció en la siguiente clase. Ni en el resto del día. Sin embargo, nadie preguntaba por él. ¿Es que no se habían percatado de su ausencia?

Cuando el timbre tocó una última vez para indicar el final de las clases, salí cabizbaja y perdida en mis pensamientos. Quizá por ello continué por el pasillo, descendiendo en el tramo de escaleras equivocado. Para cuando me di cuenta ya estaba frente al despacho del director. Iba a dar media vuelta y retornar sobre mis pasos cuando oí el nombre de Javier tras la puerta. No soy una persona especialmente curiosa, pero en ese momento no puede evitarlo y pegué la oreja a la madera.

-…es por tu bien, Javier –decía una voz masculina-. No es bueno para ti empezar el primer día con una amonestación por pelea, ¿sabes? Los chicos afirman que tú les agrediste sin motivo alguno. Vamos a ver, ¿tú estás seguro de que ellos no te hicieron nada, no te provocaron o algo por el estilo? Te doy
mi palabra de que lo que digas no saldrá de aquí, ellos nunca se enterarán –hubo una pausa de varios segundos en la que esperé oír una respuesta que nunca llegó. No lo entendía. ¿Por qué no lo decía? ¿Por qué no se defendía y le explicaba que ellos habían empezado?-. Bien, Javier, supongo que, si no tienes nada que decir, no hay más que hablar. Mañana debes traer la amonestación firmada por tus padres. Adiós.

Me aparté de la puerta y me oculté velozmente tras una columna, justo a tiempo de evitar ser sorprendida por Javier, que salió del despacho cojeando y con un sobre blanco en la mano. Sin alzar la mirada del suelo, se alejó por el pasillo, ajeno al hecho de que yo le observaba, preguntándome por qué habría guardado silencio.

sábado, 4 de enero de 2014

EDDLC - Capítulo 4: Bienvenidos al Instituto Pablo Neruda


El autobús aparcó frente al instituto. Lo observé desde detrás del cristal. Era un edificio viejo pero sólido, con un par de cafeterías por los alrededores, concurridas a pesar de lo temprano de la hora.

Me bajé del vehículo y caminé hacia la entrada del Pablo Neruda. Las listas de las clases estaban colgadas en la pared, rodeadas por una masa de jóvenes que reían o se quejaban ante la perspectiva del nuevo curso. La mayoría se saludaban como si se conociesen de toda la vida, y probablemente fuese así.

Me acerqué y busqué hasta dar con mi nombre en la lista de 1ºC. Sobre las listas había un sencillo mapa del edificio en el que alguien había indicado las clases principales con rótulos en rojo. Ahí estaba la mía. Segunda planta, la primera a la derecha después de las escaleras.

Me retiré para dejar espacio a las nuevas masas de alumnos y aguardé el timbre que indicaba el inicio de las clases. Cuando ese sonido estridente y temido por algunos llenó al aire, me encaminé hacia la puerta de entrada y avancé a duras penas entre la marea de adolescentes.

Mientras comenzaba a subir las escaleras, algo me dio en el hombro derecho con fuerza, y me precipité inevitablemente contra las escaleras, recibiendo un fuerte y doloroso golpe en un costado. Alcé la vista para contemplar como mi agresora, una chica de mi edad rubia y cubierta de bisutería barata, pasaba a mi lado mirándome altivamente y me escupía un “Aparta, escoria” de lo más desagradable.

En cuanto se alejó escaleras arriba, una voz suave y pausada que ya conocía me preguntó:

-¿Estás bien?

Era Javier, que se había inclinado junto a mí con el rostro hierático. Me agarré torpemente a la mano que me ofrecía y me levanté.

-Sí… Gracias –tartamudeé. Él asintió en silencio y se alejó. Le seguí con la mirada; realmente era un joven extraño. Entonces, una mano se apoyó en mi hombro.

-¡Hey, Noelia! –exclamó Rubén- Vamos, date prisa, o llegaremos tarde a clase. ¿Has visto? Nos ha tocado juntos.

Detrás de él Fernando asintió. Parecía nervioso y apurado.

Fui con ellos hasta el aula. No era muy grande, y las paredes anaranjadas estaban tapizadas de letreros y mensajes incomprensibles grabados allí por estudiantes de otros años como si de su legado se tratase.

Elegí un sitio junto a la ventana, y Rubén se sentó a mi lado. Fernando ocupó el asiento que había detrás de nosotros.

Me di cuenta entonces de que Javier estaba sentado un par de filas más adelante… y me estaba observando. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, él apartó la suya y se dio la vuelta. No supe cómo reaccionar, pero no me lo tuve que pensar mucho, porque en ese instante la puerta se cerró con un golpe sordo, y se hizo el silencio en la clase.

Un hombre acababa de entrar por la puerta. Rondaría los cincuenta años, y era alto y de constitución fuerte. Vestía una camisa de cuadros, pantalones negros y lustrosos zapatos. Su pelo cano estaba perfectamente peinado y engominado hacia atrás, y sus duros rasgos parecían haber sido cincelados en piedra. Tenía una mirada astuta y severa que peinaba la clase en busca de posibles víctimas como un depredador que rastrea la sabana a la caza de futuras presas. Entonces, sus labios se despegaron y dieron paso a una voz grave y rasposa que arrastraba las palabras y no admitía réplica alguna:

-Mi nombre es Roberto Torres, y vosotros me llamaréis señor Roberto. Soy vuestro tutor y profesor de Matemáticas, y ante todo quiero deciros que no toleraré ninguna tontería en este curso que hoy da comienzo –mientras hablaba, comenzó a pasear entre las mesas-. Así que, si apreciáis vuestra integridad física y emocional, quizá os agrade saber que para conservarla solo tenéis que comportaros de una forma ejemplar y…

No acabó la frase. Se había quedado mirando fijamente a un muchacho pelirrojo de la primera fila. El pobre palidecía por momentos.

-Abre la boca –ordenó Roberto. Su voz sonaba tranquila, como la paz que precede a la tormenta. El chico obedeció y… He ahí el motivo de su temor: un chicle brillando sobre su lengua-. Fuera de clase –como el desafortunado joven no se movió ni un milímetro, el señor Roberto gritó de pronto, provocando un sobresalto en todos los presentes-. ¡Fuera! ¡Largo, ahora mismo! ¡Desaparece de mi vista!

Las voces nos asustaron a todos, e incluso Rubén dejó morir la sonrisa de sus labios. Cuando el desdichado muchacho hubo salido del aula, nuestro nuevo tutor se volvió hacia nosotros y, sonriendo como solo un depredador podría haber hecho, dijo:

-Bienvenidos al Instituto Pablo Neruda.

sábado, 28 de diciembre de 2013

EDDLC - Capítulo 3: En el autobús


Una semana. Ese era el tiempo que llevaba en Asturias. No podía ser, me parecía imposible, pero efectivamente había sobrevivido hasta el momento.

Mi madre había conseguido matricularme en el Pablo Neruda, un instituto situado a media hora en coche de nuestra nueva casa. A pesar del inminente comienzo de las clases, la insistencia de mi madre había logrado persuadir al director para que me hiciese un hueco en una clase. La lista de libros me fue entregada ese mismo día, pero dado que ya era tarde para encargarlos, tuve que conformarme con los donados por alumnos de otros años para casos como el mío.

Así que en estas me encontraba. Hoy empezaban las clases. A las ocho y media, concretamente. El autobús pasaría a recogerme a las ocho en punto, y en ese instante, ocho menos cinco de la mañana de un frío lunes de septiembre, yo me encontraba plantada en medio de la acera, rodeada por una fina capa de hojas claras y húmedas apelmazadas contra las baldosas cubiertas de chicles casi centenarios, arrojados allí por sus dueños sin ninguna consideración.

La mochila pesaba sobre mis hombros, los cuales alzaba torpemente cuando las frías brisas que indicaban la proximidad del otoño me abrazaban. El cielo tenía un tono blanco grisáceo, manchado por unas nubes tristes a punto de llorar. Al menos, los últimos días había llovido menos de lo que pude esperar en un principio.

Entonces, en el extremo derecho de la carretera, el morro del autobús se dirigió hacia mí casi patinando sobre sus neumáticos, visible desde lejos gracias a su extravagante color cereza. Se paró ante mí y yo subí sacando el carnet escolar de mi cartera. Se lo mostré al conductor, un hombre entrado en años y de aspecto somnoliento, que le echó un vistazo distraído y me hizo un gesto de afirmación con la cabeza, indicándome que me sentara.

Mientras el vehículo arrancaba, me volví hacia su interior. Un nutrido grupo de jóvenes de mi edad brincaban entre los asientos, se gritaban al oído y se lanzaban papeles y otros objetos aparentemente inofensivos sobre sus cabezas. Avancé por el pasillo con los ojos clavados en el suelo, sin dejar de notar sus miradas curiosas posándose invariablemente en mí.

Apenas había llegado a encontrar un sitio libre cuando algo (probablemente un bolígrafo) me golpeó la sien. Las carcajadas fueron inmediatas y absolutas, y yo me dejé caer en el asiento que tenía más a mano ocultándome tras mi mochila. No me había hecho demasiado daño, pero odiaba que me humillasen de esa forma. Por suerte, al poco rato se cansaron de la broma y continuaron a lo suyo. Sin embargo, un par de ojos siguieron observándome. Era el chico que estaba sentado a mi lado. No se reía. En realidad, no había llegado a reírse en ningún momento. Me miraba totalmente serio, incluso con algo de compasión en los ojos… Unos ojos verde esmeralda llenos de palabras silenciosas. Tenía el pelo castaño, de diversos tonos: en algunos puntos era más oscuro, en otros más claro, en otros, cobrizo. Se veía claramente que no estaba teñido, era totalmente natural, por lo que quizás fuese tan solo el efecto de los primeros rayos de sol que entraban por la mañana.

Quise decirle algo, pero entonces una cabeza rubia asomó por el asiento de delante.

-Hola, preciosidad. Mi nombre es Rubén. Es un placer conocerte –saludó con despreocupada prepotencia, contemplando indisimuladamente mi escote. Me quedé mirandole, asombrada por su descaro -. Yo también voy a empezar a primero, así que hay posibilidades de que nos toque en la misma clase… A los cuatro –añadió apuntando con la mirada a mi atractivo y silencioso compañero y al joven que tenía a mi izquierda, un muchacho rechoncho y moreno-. ¿Y vuestros nombres son…?

-Mmm… Fernando –balbució el joven moreno, como si no estuviese muy seguro de la validez de ese nombre.

-Noelia –dije yo.

-Javier –murmuró el que no se había reído de mí antes. Lo dijo mirándome exclusivamente a mí, y cuando le devolví esa mirada, alzó ligeramente la comisura derecha de sus labios en una media sonrisa que me pareció melancólica y nostálgica. Me quedé perdida en su mirada unos segundos, hasta que la voz impertinente de Rubén irrumpió en mis inconexos pensamientos con una sucesión de palabras que escuché solo a medias. Hablaba de algo acerca del verano y las vacaciones, pero yo no tardé en aburrirme y miré más allá de Javier, a través de la ventana. En un momento dado del viaje, pasamos junto a un precioso parque en el que se erguían varios cerezos. Sus hojas empezaban ya a amarillear y sus ramas se mecían suavemente con el viento. Mientras avanzábamos entre ellos, pensé en cómo sería mi nuevo instituto.

No tardaría en descubrirlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 21 de diciembre de 2013

EDDLC - Capítulo 2: En la nueva casa


Observé con aire crítico la que sería mi habitación a partir de ahora. "Piensa en positivo", me recordé. Y lo intenté, juro que lo intenté. Pero me resultaba imposible. El color de la pared era sombrío y ceniciento, los muebles parecían sacados de una mansión de Orgullo y prejuicio, las vistas de la ventana dejaban mucho que desear, el escritorio era demasiado pequeño, la cama estaba en el lado más oscuro del cuarto, la lámpara oscilaba del techo en un baile amenazador... En verdad, tenía ganas de conocer al valiente capaz de pensar en positivo frente a todo aquello.

Resoplé y lancé las maletas sobre una alfombra más gruesa y áspera de lo que me gustaría. Era de noche y yo estaba muerta de sueño. El viaje me había dejado exahusta. En una de las paradas había llamado a Lucas y Carolina, mis mejores amigos. Les había explicado la situación, lo del traslado y la posterior mudanza repentina a un piso que tenía alquilado la empresa de mi padre. Ellos al principio se lo tomaron como una broma de mal gusto, pero tan pronto como notaron el tono nasal de mi voz a causa del llanto mal disimulado se mostraron tristes y preocupados por mí. Todo esto había ocurrido demasiado rápido.

En ese momento, mi hermana Emma entró por la puerta:

-Noelia -murmuró.

Yo alargué un brazo hacia ella y la abracé.

-¿Estás bien? -preguntó con voz inocente.

-Sí -respondí yo-. ¿Y tú?

-Creo que sí. Oye... mamá dice que ya ha encontrado un instituto para ti. Mañana irá a ver si pueden maticrularte...

-Matricularte -corregí yo con una sonrisa condescendiente.

-Eso -continuó ella, y, tras darme un beso en la mejilla, añadió- Dice también que, si consigue la... la ma... matrícula... que después irá a encargar tus libros nuevos.

-¿Y por qué me lo dices tú, en vez de mamá?

-Porque mamá ha ido con papá a hablar con los señores del camión -explicó, y después desapareció por la puerta a toda velocidad.

Me levanté y me acerqué a la ventana. Daba a un solar vacío y claramente abandonado. Pegué la cara al frío cristal mientras el repiqueteo de las primeras gotas de lluvia redoblabancontra el alféizar. Acababa de descubrir que el tiempo de aquí tampoco ayudaba a pensar en positivo.
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